
Ezequiel Molina, la persona que convirtió una pasión en una experiencia: "Rafaela es muy vinera":
Radio ADN 97.9 FM - RafaelaRafaela no tiene viñedos ni forma parte de una región vitivinícola. Su identidad está ligada a la producción lechera, la industria y el trabajo. Sin embargo, entre sus mesas también hay espacio para el vino, las buenas historias y el descubrimiento de nuevos sabores. Detrás de varias de esas experiencias aparece Ezequiel Molina, representante de Soffietti Distribuciones, quien encontró en su trabajo y en su pasión personal una manera de acercar el mundo de las bodegas a los consumidores de la ciudad.
Las degustaciones que impulsa durante el año se convirtieron en una oportunidad para compartir algo más que una copa. Son encuentros en los que el vino funciona como punto de partida para conocer variedades, descubrir estilos, escuchar a quienes están detrás de cada etiqueta y disfrutar de propuestas gastronómicas especialmente pensadas para la ocasión.
“Ante todo, tengo pasión por el vino”, resume Molina al explicar qué lo motiva a organizar estas experiencias.
Los contactos de la industria, al servicio de una experiencia local
Su recorrido está estrechamente vinculado con Soffietti Distribuciones, empresa desde la cual mantiene una relación comercial directa con numerosas bodegas. Ese vínculo, construido a lo largo del tiempo, le permitió ampliar contactos y generar oportunidades para que referentes de la industria vitivinícola visiten Rafaela.
La propuesta consiste en trasladar parte de la experiencia que habitualmente se vive en las regiones productoras hasta una ciudad del centro santafesino. Enólogos, sommeliers y representantes de bodegas participan de encuentros en los que los asistentes pueden conocer de primera mano las características de los vinos, sus procesos de elaboración y las particularidades de cada propuesta.
Uno de esos encuentros contó con la presencia de Laura Sotelo, sommelier y embajadora internacional de una bodega, cuya participación aportó conocimientos y una mirada especializada sobre los vinos presentados.
Para Molina, estas visitas representan una oportunidad para el público local. No se trata solamente de probar etiquetas de alta gama, sino también de escuchar a quienes conocen el producto desde adentro y comprender la historia que existe detrás de cada botella.
Un público que busca mucho más que Malbec
Una de las observaciones que Molina recoge de sus contactos con bodegas y especialistas tiene que ver con el perfil del consumidor rafaelino. Según cuenta, quienes llegan a la ciudad suelen sorprenderse por la diversidad de vinos que se encuentran en restaurantes y espacios gastronómicos.
“Acá el consumidor no consume solamente Malbec, consume mucha variedad de uvas”, señala.
Pinot Noir, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot y diferentes variedades blancas forman parte de una oferta que encuentra interesados entre los consumidores locales. Para Molina, esa diversidad es una señal del conocimiento y la curiosidad de un público dispuesto a explorar más allá de las etiquetas tradicionales.
Las degustaciones acompañan esa búsqueda. En cada encuentro conviven vinos de distintas añadas, etiquetas de alta gama y propuestas más jóvenes, que expresan nuevas formas de entender la elaboración y el consumo.
Entre esas tendencias aparecen vinos que prescinden de la crianza en barrica y buscan expresar otras características de la uva y del lugar de origen. Son estilos que amplían el abanico de posibilidades y permiten descubrir que el mundo del vino no se limita a una única manera de producirlo o disfrutarlo.
Entrar al mundo del vino, copa a copa
Para quienes todavía no desarrollaron el hábito de tomar vino, Molina propone un camino sencillo: empezar de a poco, probar y encontrar un estilo propio.
La recomendación es acercarse inicialmente a vinos jóvenes, más ligeros y accesibles al paladar, sin necesidad de buscar desde el primer momento elaboraciones complejas o etiquetas de alta gama.
Con el tiempo, explica, pueden aparecer nuevos intereses: los aromas, las texturas, la influencia de la madera y las diferencias entre variedades y métodos de elaboración.
La idea es construir una experiencia personal, sin convertir el conocimiento en una barrera. El vino puede acompañar una comida, un asado, una charla entre amigos o un atardecer. Cada ocasión ofrece una puerta de entrada diferente.
En un contexto en el que la industria también observa cambios en los hábitos de consumo, especialmente entre los más jóvenes, generar espacios de acercamiento y aprendizaje adquiere un valor particular. Las degustaciones permiten descubrir el producto desde otro lugar, con información, intercambio y disfrute.
La gastronomía y la amistad como parte de la fórmula
Las experiencias que organiza Molina también tienen un componente gastronómico. En El Bosque encontró un espacio para desarrollar encuentros junto a su amigo Piti, con quien mantiene una relación de aproximadamente tres décadas.
La combinación de ambos proyectos responde a una dinámica que, según describe, se construyó a partir del conocimiento mutuo y el respeto por el trabajo de cada uno.
“Cada uno hace lo que siente”, explica al referirse a esa sociedad de hecho. Mientras Molina aporta su conocimiento sobre vinos y los vínculos con las bodegas, el espacio gastronómico suma su propia identidad a la propuesta.
El resultado es una experiencia en la que el vino no aparece aislado, sino integrado a la comida, al ambiente y a la conversación. La convocatoria sostenida de estos encuentros muestra que existe un público interesado en participar de actividades que combinan gastronomía, cultura y descubrimiento.
Una apuesta que también nace del trabajo cotidiano
Molina no separa su iniciativa personal de su pertenencia a Soffietti Distribuciones. Reconoce que fue allí donde dio sus primeros pasos en la comercialización de vinos y donde encontró el respaldo necesario para impulsar nuevas propuestas.
En un escenario económico desafiante, sostiene, seguir apostando al vino implica buscar alternativas, presentar novedades y acercar productos diferentes a los clientes. No todas las iniciativas tienen el mismo resultado, admite, pero entiende que la posibilidad de probar, aprender y corregir forma parte del trabajo comercial.
Esa búsqueda explica, en parte, la continuidad de las degustaciones: cada encuentro permite presentar etiquetas, fortalecer relaciones con las bodegas y generar un vínculo más directo entre los productos y quienes los consumen.
De cara al cierre del año, el calendario vitivinícola ofrece nuevas posibilidades, especialmente con la llegada de los espumantes y los vinos blancos, protagonistas habituales de las celebraciones y las reuniones de verano. Molina no anticipa fechas ni propuestas concretas, aunque deja abierta la posibilidad de nuevos encuentros.
Hacer cultura del vino, lejos de los viñedos
En una ciudad cuya historia productiva está ligada al tambo, la industria y el comercio, las iniciativas de Ezequiel Molina muestran que la cultura del vino también puede crecer lejos de las regiones donde se produce.
Su aporte está en conectar mundos: las bodegas cuyanas y el consumidor rafaelino, el conocimiento técnico y la curiosidad, la comercialización y el disfrute.
Cada degustación se convierte así en una oportunidad para conocer nuevas variedades, escuchar otras historias y descubrir que, detrás de una copa, hay mucho más que una bebida.
Hay trabajo, territorio, identidad y una pasión que Molina busca compartir con una comunidad que, según su experiencia, tiene cada vez más interés en explorar la diversidad del vino.




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