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Entre vacas y expedientes: la experiencia productiva de un abogado y productor rafaelino

En “El Campo No Para”, el productor tambero de Saguier contó cómo asumió el manejo de un establecimiento que nació con su abuelo y que hoy combina producción de leche, agricultura y una administración cada vez más enfocada en los costos. 
Agro06/10/2026Radio ADN 97.9 FM - RafaelaRadio ADN 97.9 FM - Rafaela

Hay actividades que se heredan mucho antes de que se herede un campo. Se transmiten en las costumbres, en el trabajo cotidiano y hasta en aquellas tareas que, cuando se es chico, parecen una obligación más que una enseñanza.

Carlos Beltramone conoce esa historia de primera mano. Abogado de profesión y productor tambero por herencia familiar, hoy divide sus días entre el estudio jurídico y el establecimiento Las Gramillas, en la zona de Saguier, Santa Fe.

En una entrevista con “El Campo No Para”, el programa radial conducido por Maximiliano Luján, repasó la historia de una empresa familiar que comenzó con su abuelo, continuó con sus padres y que desde hace algunos años quedó principalmente bajo su responsabilidad.

Una historia que empezó con el abuelo

El tambo de Beltramone tiene varias décadas de historia. Su origen se remonta a su abuelo, quien estuvo entre los primeros tamberos de una importante empresa láctea de Rafaela.

Luego tomó la posta su padre, aunque con menor afinidad por la actividad, hasta que la conducción quedó en manos de su madre. Con el paso de los años y el crecimiento de la edad de sus padres, Carlos comenzó a asumir el manejo del establecimiento.

“Hace un par de años que me vengo haciendo cargo yo conjuntamente con mi vieja”, explicó durante la entrevista.

Hoy, mientras su madre se va alejando progresivamente de la actividad, Carlos se encuentra al frente de una empresa que mantiene parte de aquella estructura productiva original.

Más de 100 hectáreas y una estrategia para hacer rendir cada metro

Actualmente, Las Gramillas cuenta con unas 135 hectáreas propias. Originalmente toda la superficie estaba destinada al tambo, pero los cambios económicos llevaron a modificar la estrategia.

Una parte de las tierras se dedica actualmente a agricultura comercial, mientras que alrededor de 60 hectáreas están vinculadas directamente a la producción lechera.

En esa superficie se produce también parte del grano destinado al autoconsumo, además de reservas y silos.

El rodeo total ronda los 250 a 300 animales, mientras que normalmente hay entre 100 y 110 vacas en ordeñe.

La lógica productiva, según explicó Beltramone, es clara: aprovechar al máximo los recursos disponibles y ajustar cada componente del sistema.

TAMBO BELTRAMONE 2
El establecimiento se encuentra en Saguier, donde también se destinan hectáreas para la agricultura.

“Los números están re justos”

La rentabilidad es, quizás, la principal preocupación que atraviesa hoy la actividad. “Están muy justos los números. La verdad que el problema es el costo”, señaló.

Beltramone lleva el seguimiento económico de la empresa en una planilla de Excel y realiza un control mensual de los números. Pero hay una particularidad del negocio lechero que, según explicó, complica especialmente la planificación: el productor entrega la leche sin conocer con precisión cuánto cobrará por esa producción.

“Hasta que no se cambie esa cuestión de ‘antes de que yo te entregue esta leche, ¿cuánto me la vas a pagar?’, no sé si va a ser negocio”, planteó.

Para el productor, el capital inmovilizado en tierra, animales, instalaciones, tractores, herramientas y mantenimiento debería tener una mayor compensación económica.

Mientras tanto, la agricultura aparece como una alternativa que ganó terreno dentro de los establecimientos mixtos.

La decisión más difícil: manejar con la cabeza y no con el corazón

En ese escenario aparece uno de los dilemas centrales de la producción tambera: continuar con una actividad cargada de historia familiar o tomar una decisión estrictamente económica.

Beltramone reconoce que muchos productores jóvenes, frente a períodos complicados, pueden optar por abandonar el tambo y alquilar las tierras.

La diferencia, en su caso, está también en el componente emocional. “Hay una cuestión emotiva, una cuestión de familia”, reconoció.

Sin embargo, esa emoción convive con una regla de gestión que el propio productor considera indispensable: las decisiones deben tomarse mirando los números.

Y eso incluye, incluso, decidir qué vacas permanecen en el rodeo.

“Se decide con la cabeza, no con el corazón”

El establecimiento realiza controles periódicos sobre la producción individual de los animales. A través del control lechero y de las visitas veterinarias se analiza cuánto produce cada vaca, su estado reproductivo y los costos asociados.

La pregunta es concreta: ¿esa vaca paga lo que cuesta mantenerla?

“Por más que la vaca sea hermosa y tenga una cadera, y que sea hija de tal genética, no nos sirve”, explicó.

La frase resume una filosofía de gestión que se vuelve cada vez más importante cuando los márgenes son estrechos: la productividad individual también define la permanencia dentro del rodeo.

En tiempos de costos elevados, el sentimentalismo puede convertirse en un costo adicional.

Un tambo “4x4” donde todos hacen de todo

El sistema de ordeñe de Las Gramillas es de espina de pescado y conserva parte de la estructura histórica del establecimiento.

Pero uno de los mayores activos de la empresa no está en una máquina ni en una instalación: está en su gente.

El tambo cuenta con un tambero asociado, su esposa y su hijo, además de trabajadores con una larga trayectoria dentro del establecimiento.

Beltramone los define como un verdadero equipo “4x4”. Son personas que no solamente ordeñan. También sueldan, hacen trabajos de chapa, reparan equipos y resuelven problemas que aparecen cotidianamente en el campo.

“Son tipos que hacen de todo”, destacó.

Algunos llevan alrededor de 18 años vinculados al establecimiento, un dato especialmente significativo en una actividad donde conseguir y retener mano de obra se convirtió en uno de los desafíos recurrentes.

El robot todavía queda lejos

La robotización del tambo es una alternativa que Beltramone ha observado y estudiado, pero que por ahora no forma parte de sus planes.

No solamente por el costo de incorporar el equipamiento, sino porque considera que una transformación de ese tipo requiere modificar otras condiciones de la empresa.

A su entender, el sistema puede encontrar mayor viabilidad en tambos de mayor escala y con volúmenes de producción superiores.

En Las Granillas, la estrategia pasa hoy por otro lado: hacer eficiente el sistema existente antes que asumir una inversión de gran magnitud.

TAMBO BELTRAMONE 3
Hay más de 200 vacas totales, de lasa cuales poco más de 100 se ordeñan.

De pintar tranqueras a administrar un tambo

Quizás el aspecto más humano de la historia de Beltramone apareció cuando recordó su infancia.

De chico, mientras otros disfrutaban del verano en la pileta, él acompañaba a su familia en tareas como pintar tranqueras o colocar postes.

En aquel momento lo vivía como una carga. Con los años, la mirada cambió. Hoy entiende aquellas experiencias como parte de una formación que le transmitió una idea central: la cultura del trabajo.

Esa enseñanza terminó llevando a Carlos, abogado de profesión, nuevamente al campo familiar.

Ahora alterna entre contratos y expedientes en su estudio jurídico y las decisiones productivas de Las Granillas.

Un legado que todavía sigue en pie

En algún lugar del establecimiento todavía permanece la estructura del antiguo tambo de su abuelo. Una construcción deteriorada por el paso del tiempo, pero que Carlos intenta conservar.

Allí están las huellas de aquellos primeros años: las antiguas instalaciones, el trabajo manual y una forma de producir muy diferente a la actual.

Hoy hay controles lecheros, planillas de Excel, análisis de costos y decisiones productivas tomadas con números.

Pero también permanece algo que no figura en ninguna planilla: la historia de una familia que lleva varias generaciones detrás de la misma tranquera.

En Las Granillas, Beltramone intenta sostener ese legado sin perder de vista una realidad que atraviesa a buena parte de la lechería: para que una tradición pueda continuar, primero tiene que cerrar el negocio

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