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Djokovic volvió a conquistar Wimbledon

Deportes 14 de julio de 2019 Por
En una magnífica batalla ante el suizo Roger Federer, el serbio llegó a su quinta corona en Wimbledon. Un verdadero espectáculo de tenis en el torneo más importante del mundo.
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EL SERBIO TOCÓ EL CIELO CON LAS MANOS

Y Novak Djokovic volvió a comer el césped de Wimbledon. El serbio se impone en un ejercicio de serenidad y contención a Roger Federer, magnífico en la batalla, derrotado por un tenista excelso que está llamado a marcar su propia era, y única, abatidos sus dos más pertinaces contendientes. El serbio se corona por quinta vez en Wimbledon, en una final preciosa que se guardará mucho tiempo en la memoria de los espectadores y sobre todo del propio Federer, que tuvo en sus manos el trofeo con dos bolas de partido que aún tiemblan entre las paredes de la Pista Central.

En otro ejercicio monumental de contención, Federer ajustó la estrategia, especialmente dedicada para este Djokovic que siempre tiene algo más en los partidos que le importan, donde se juegan las diferencias entre ser el mejor del mundo y ser uno más. Atendió a las lecciones que le había dejado su victoria contra Nadal y aceptó el reto del serbio, todavía más completo porque se estira como un chicle para defenderse, saca con mucha más saña y es el mejor restador del circuito con permiso del propio suizo. Incluso más, porque en esta final de ensueño, mostró la superioridad moral que, hoy por hoy, mantiene con el español y, sobre todo el suizo, que no le ha ganado en un partido de Grand Slam desde 2007, y que ha perdido, con esta, tres finales en su jardín dorado de Wimbledon. Djokovic, simplemente, es superior.

Y ante este jugador, Federer no tuvo más remedio por tanto que sacrificar la comodidad por el riesgo, consciente como es de que a cualquier pelota blandita, Djokovic se vuelca sobre ella con el colmillo cargado de peligro. Así, la derecha buscaba la línea con la misma hambre que el servicio el ace. Funcionó bien para empezar, un poco frío Djokovic y sin la elasticidad ni los reflejos que lo caracterizan en los restos. Pero se fue entonando el serbio. Y con ese pequeño acelerón con el que evitaba los juegos en blanco de su rival, a Federer la contención se le escurrió en los momentos que menos tocaba, decidiendo sin acierto, con la tensión quemándole en la mano. Esa decisión errónea de lanzar su derecha hacia donde estaba Djokovic para que este defendiera sin problemas el punto de break en el cuarto juego. Y todavía peores cuando se le juntó con la precipitación en el tie break: otra subida a la red que se queda a medias, otra derecha que se va por querer ir demasiado deprisa. Desaprovechado un 5-3 y saque y entregado el primer set porque ante las dudas, Djokovic decidió mejor: una dejada buena, un passing mejor y el puño hacia su palco.

En la semifinal contra Nadal, fue Federer quien se llevó el tie break, acelerando en esos últimos pasos; y después, se dejó llevar. En la final, fue el serbio quien después de ganar el primer parcial desapareció de la pista, apenas un juego a su favor, quizá agotado por el esfuerzo o como estrategia para reunir fuerzas para lo siguiente. La Central, no obstante, celebró con júbilo ese 6-1 del suizo en 23 minutos porque volvía a creer. Porque Djokovic tenía su público, sin duda, pero Roger Federer, en Wimbledon, es una religión.

Comenzó otro encuentro, a tres sets, después de hora y 23 minutos de ya un cansancio superior, no solo físico, sobre todo mental. Para la estadísticas, Federer casi doblaba a Djokovic en golpes ganadores (32-18), mientras que de errores marchaban parejos (18-17).

Igual de parejo que continuó el encuentro, afianzado cada uno su saque, en la constante búsqueda del límite sin caer en el error, intercambios largos de esquina a esquina, de poder a poder. Cualquier resbalón, cualquier pelota que no fuera suficientemente larga, rápida, acertada, potente era invitación a que el contrario se colara en la fiesta. El saque se convirtió en el tesoro más preciado. En seis juegos, solo se concedieron cada uno cinco puntos al resto. Y conforme se acercaba el final de set, la tensión se multiplicó, enfervorecida la grada porque Con 5-4, Federer tuvo bola de set. Pero este Djokovic es el de los mejores tiempos, capaz de sacar cuando lo necesita un servicio de manual o devolver ese revés cruzadísimo del suizo que ya todos apuntaban como ganador. Tablas en la pista lo que ya no era diplomacia en la grada, que celebraba cada punto de Federer puesta en pie y las manos rojas del aplauso. Incluso ese 0-15 que lo ponía a tres puntos del set con saque del serbio que solo fue un espejismo porque este Djokovic es de los grandes momentos.

Como lo es siempre un tie break. A este nivel, Federer hubiera podido con cualquier jugador, se hubiera cobrado todas las oportunidades, como había hecho contra Nadal. Pero Djokovic, el de las finales, no es cualquier jugador. Es un animal competitivo que, lejos de ceder, se crece ante el abismo. La ambición de ser el más grande de todos los tiempos, y eso pasa por ganar el mayor número de Grand Slams, le puede, y nunca lo ha escondido. Y le sirve de gasolina para momentos como este. Golpeó una vez, otra vez, otra vez y otra vez el suizo, defendió una vez, y otra vez, y otra vez y otra vez el serbio. Tanto forzó la mano de Federer, que esta acabó temblando con su saque en dos ocasiones. 5-1 y el número 1 del mundo sacó su puño hacia el cielo. Como en el primer set, las decisiones. Después de acercarse el suizo con buenos saques y el apoyo masivo de la grada, una derecha que no era, un revés que no pasa la cinta. Y Djokovic tiene otro puño y otra mirada hambrienta que dedicar a su palco.

Con dos horas y media cumplidas, la Central aumentó los decibelios. Con 2-2 y saque de Djokovic, un revés del serbio que Federer reclama fuera. El ojo de halcón enciende una mecha que explota en forma de gritos y aplausos porque el suizo tenía razón y es bola de break. Enorme el aplauso para que se convierta por fin lo que no había pasado en los sets impares. Djokovic no convierte el primer saque, y con el segundo, el resto del suizo es buenísimo, tanto como para que el serbio envía su revés al pasillo. Locura en la grada porque el suizo se pone por delante y con buenos augurios. Tanto es así que consigue de sopetón un segundo break.

El serbio, impecable aunque el reloj se acerque a las tres horas de partido, aguanta el chaparrón de obuses que llegan del suizo y recupera uno de los beaks. Su tenis devuelve con peligro cualquier golpe, pegado a la línea de fondo; su cuerpo, le permite llegar a todo, incluso resbalándose por una hierba que hace días que ha desaparecido.

Federer aguantó de fondo, con esa estrategia que ya impuso contra Nadal de no subir apenas a la red cuando sus rivales se lo esperaban. Algo que siempre le había costado contra estos dos colosos, pero que ha aprendido a manejar con contención y soltura, riesgo y acierto. Hizo que sus 37 años y 340 días se evaporaran para aferrarse a su saque y agarrarse a un quinto set. Tras dos horas y 55 minutos de auténtica final de Wimbledon.

A veces dan igual los talentos, los esfuerzos, el palmarés. Porque esto es deporte, un juego, y el azar también influye. Con 2-1 y un primer saque buenísimo, el resto de Djokovic tocó en la cinta y quedó muerta en el campo de Federer. Dos bolas de break, salvadas con el aliento de la central contenido. Y una más con un ace que se expulsó en forma de aplauso espontáneo para soltar la adrenalina.

Segurísimo Djokovic en cada saque, cada turno de Federer era un sufrimiento para el suizo, tan buen restador el serbio, tan cansada ya la mano. Dos bolas de break en el sexto juego. Otra vez en el alambre, con tres horas y media de sudor en las piernas. Esos cinco años de diferencia se notaron en la segunda oportunidad de break. El mejor Djokovic, con ese revés impecable, con el que destrozó las ilusiones de la central porque el passing fue buenísimo y el 4-2 a favor se antojaba definitivo. “Nole, Nole, Nole”, se atrevieron por fin a cantar los seguidores del serbio. Contestó la parroquia con el clásico “let’s go, Roger, let’s go”, puesta en pie para continuar con “Roger, Roger, Roger” porque el suizo atacó las reservas del serbio para recuperar el break.

Desatada la euforia porque, aunque con sufrimiento, el suizo retenía sus saques y alargaba hasta el infinito la adrenalina en un quinto set con tie break en el empate a doce. No solo la tensión pasaba por el suizo, controladísimo en sus gestos y emociones, al serbio también le asomaba la tensión de vez en cuando. Pocas, porque su margen de error era siempre el mínimo, pero en el juego quince, su mano tembló con una doble falta y un revés al pasillo. Y la bola de break de Federer, por fin, se hizo realidad.

No solo eso, sino que la Central soñó durante unos instantes con su favorito encumbrado, dos bolas de partido en su mano. Pero una derecha al pasillo y un passing de Djokovic con el drive devolvieron a la parroquia de nuevo a la presión de ir con un turno de saque por detrás, con las piernas ya exhaustas y con esas dos bolas de partido todavía quemando en la mente.

Con cuatro horas y media de partido cumplidas, el partido había dejado de ser una exigencia técnica, ahora es el aliento, las últimas gotas de pasión porque había traspasado todas las fronteras de la lógica, igualado en fuerzas y en cansancio. Aún así, Federer todavía dispuso de una bola de break empatado el marcador a once juegos. El mejor Djokovic, ese que sabe aguantar la presión hasta el extremo, neutralizó el fuego y la final estrenó el tie break en el quinto set.

Pero en esa muerte súbita volvió a surgir el peor Federer, el de las malas decisiones, el de las subidas a destiempo a la red, para desesperación de la grada y alegría de Djokovic, exhausto también, pero con ese puntito de solidez que le faltó esta vez al suizo.

Y es el serbio quien comió de nuevo el césped de la pista central. Suma su quinto Wimbledon. Su Grand Slam número 16, acecha a Rafael Nadal y deja a Roger Federer sin su sueño. Y con una oportunidad menos en su casillero.

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