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Cuando perder todo no te genera nada

Editorial 18 de mayo de 2016 Por
Cada hecho delictivo se convierte poco a poco en algo cotidiano, en algo que “ya me va a pasar” y que “menos mal que no me tocó todavía”. El horror de ya no sentir, al acostumbrarnos al delito.
soledad

“Agachá la cabeza, no te quejes. Callate y trabajá”, fue la doctrina que trató mi padre de inculcarme durante toda mi rebelde adolescencia en la que enfrentarme a las mezquindades del mundo laboral de los jóvenes era para mí una orden divina.

Habiendo transitado y vivido en carne propia todo tipo de artimañas contractuales y exigencias, que en ocasiones, rozaban lo ilógico, es que concentré las pocas o muchas habilidades que poseo para convertirlas en un trabajo, en una forma de vida. Y tuve la posibilidad de poder estudiar.

Para quienes nos desempeñamos en el mundo de la comunicación (periodismo, gráfica, web, radio, imagen), es muy común que nos hayan invitado, desde otras ramas de las ciencias duras o blandas, a “agarrar la pala”, ya que al parecer usar la cabeza no es un trabajo.

Para tranquilizar a mi ego, y mayormente a mis ansias de “ser” (tener), no me conformé con “hacer dibujitos con la compu” o con redactar “notitas” y me inmiscuí en diversos ámbitos laborales. Obviamente todos al mismo tiempo, tenía que recaudar, que tener, que ser un ciudadano.

Por suerte, la filosofía de mi progenitor nunca la adopté en su totalidad. Nunca agaché la cabeza y nunca me callé.

Sí aprendí a trabajar, y mucho, sin dejar de quejarme de las injusticias que me afectaban a mí o a quienes me rodeaban, pero dando siempre lo mejor y reconociendo mis defectos.

También entendí que no hay que correr tras una inalcanzable “zanahoria”, solo hay que luchar por conseguir herramientas que te permitan sobrevivir de manera independiente en situaciones complejas de la vida.

Toda esta remembranza “heroica” de mis hazañas, no tienen como finalidad la obtención de la llave del cielo de los trabajadores (creo que todavía no merezco siquiera mirar por sobre el tapial de ese predio celestial), solo es un repaso introductorio que trata de explicar que la meta en mi vida no fue tener más, sino conseguir los elementos que sean vínculo entre lo aprendido y la labor a realizar por una remuneración que me permita ser parte de la sociedad actual.

Ayer, tras repasar un sinnúmero de hechos de inseguridad ocurridos en mi ciudad desde mi puesto de trabajo, al llegar a casa, abrí la puerta hacia una de esas noticias.

El escenario era una de mis publicaciones. Podía describirlo, pensar un título, una bajada y hasta responder las cinco preguntas que contiene un relato periodístico. Solo me costaba ponerme como protagonista de ese hecho, algo me hacía ruido, pero al mismo tiempo me resultaba familiar.

Observé el modo en que operaron los malhechores, estimé el horario y antes de buscar los testimonios de testigos de lo acaecido, entre los vecinos del barrio, realicé un listado de lo sustraído del domicilio particular.

Se llevaron lo único que no tenía valor monetario para mí, lo que había logrado tras 10 años de descuidar a la familia y a los amigos. Se llevaron los instrumentos que me permitían convertir en algo lo que había en mi mente. Y me dejaron una pala junto a la puerta que habían forzado, como un irónico símbolo de que ellos también se esforzaron para conseguir lo que buscaban.

“Lo material se recupera, el dinero viene y va, sólo importa que estés bien” es lo que escucho y lo que siempre atino a decir cuando sucede algo así. Pero escuchar eso fue lo que me hizo dar cuenta de la verdadera gravedad de la situación.

Una noticia tras otra sobre robos, asaltos, arrebatos, aprietes. Que le ocurren a abuelas, jóvenes y niños; a empleados, comerciantes y estudiantes convirtieron esta insegura realidad que nos toca vivir en algo normal, común, habitual. Cada hecho delictivo se convierte en algo cotidiano, en algo que “ya me va a pasar” y que “menos mal que no me tocó todavía”.

Al repasar lo vivido como protagonista de una de estas historias, no sentí nada. No sentí bronca. No sentí tristeza. No sentí impotencia. Es muy probable que también me hayan robado el alma.

 


Carlos Mondino
Periodista – adn979.com

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